“Colombia es un país de contrastes, diferente a cualquier otro de la región. Hacer algún tipo de pronóstico sobre él es faltarle el respeto, es desconocer su infinita capacidad de sorprendernos, porque motivos para hacerlo nunca le han faltado.”

La historia del mundo es cíclica. Se repite independiente y recia a aceptar finales distintos, incluyente en cuanto los avances propios de la época. Probar por qué el ser humano es resistente a aprender de sus errores es una tarea tanto de la academia como del ciudadano de a pie aunque una gran respuesta puede ser apuntar a la más fina esperanza que recae en cada persona. El esperar que las cosas resulten distintas es  motor de las grandes revoluciones, es la energía del que protesta por un cambio, no bueno pero tampoco malo, uno diferente.

A mediados del siglo pasado mataban a las personas por el pañuelito rojo y azul; “pájaros” y “cachiporros” buscaban como el gato al ratón a cualquiera del otro bando, porque la muerte del que piensa diferente significaría la victoria ideológica. Después, cuando aparece propiamente la maldición de la izquierda y la derecha, vemos a esa Colombia conservadora ad-portas de la bonanza cocalera haciéndole frente a una ideología diametralmente distinta y revolucionaria que llevaba arraigada en el continente desde tiempos coloniales. Unos pocos años más tarde llega Pablo Escobar y el cartel de Medellín, la eterna etiqueta del colombiano; el espejismo del dinero fácil y la producción de drogas a escalas bélicas dejaban ver la realidad del abandono estatal hasta llegar los 2000, con sus falsos positivos y crisis económicas, con el país sitiado por los grupos armados, con la guerrilla tomando tinto en la calera y patrullando con fusil al hombro en Ciudad Bolívar. 

Colombia no es un país pobre, es un país corrupto que ha estado siempre dividido a la mitad. Ese que no sale a flote porque el 50% lo hunde, pero que no se hunde porque el otro 50% lo saca a flote. El mismo que le dijo sí a la paz porque creía que era hora de avanzar y dejar atrás los muertos, pero que también le dijo no a la paz porque esos muertos no podían quedar impunes. Colombia es un país de contrastes, diferente a cualquier otro de la región. Hacer algún tipo de pronóstico sobre él es faltarle el respeto, es desconocer su infinita capacidad de sorprendernos, porque motivos para hacerlo nunca le han faltado.

El colombiano no conoce límites porque, de acuerdo con la visión de lo que se pudiese entender como nación, siempre vive al límite: al límite de su carácter ideológico, al límite de su tolerancia al dolor y a la desigualdad, al límite de los discursos demagógicos y del dinero fácil, al límite de una ética mal llamada ¨malicia indígena”. Las condiciones sociales en las que crece el ciudadano promedio ponen a prueba su inventiva, la que es capaz de destruir su país en una noche, la que es capaz de reconstruirlo a la mañana siguiente. Para la muestra: el matrimonio de Beatriz y Oscar en los escombros de  Granada, Antioquia. Tres días antes, la guerrilla de las FARC había tomado el pueblo con un carro bomba que mató a 23 personas.