Colombia un país rico en biodiversidad y culturalmente, un país con problemas de contaminación hídrica, elevada deforestación y minería ilegal; y reconocido mundialmente por tener mayor contaminación atmosférica y tener más líderes ambientales asesinados.

Los colombianos desde pequeños nos enseñan palabras cargadas de discriminación y preconcepto, reproduciendo así una sociedad que ha olvidado sus orígenes, acrítica con el sistema e injusta con aquel que intenta transformar la sociedad en búsqueda de una emancipación. Cuantos hemos escuchado algún pariente cercano o hemos dicho alguna vez en la vida expresiones como “este si es mucho indio”, “indio patirrajado” “indio comido, indio ido” “malicia indígena” o “montañero”, entre otras.

Estas prácticas verbales son discriminatorias y contribuyen, aunque no queramos a reproducir el racismo como una forma de dominación étnica, ya que en realidad son expresiones ofensivas e incluso en algunos casos pueden ser consideradas insultos, pero que tienen en común es que están expresando superioridad por quien lo dice e inferioridad de la persona quien recibe dicha expresión

Si vamos un poco más allá, vemos que las expresiones ejemplificadas aquí, están asociadas al indígena o a personas del campo, los cuales son actores sociales que pertenecen a comunidades que han sido excluidas en diversas dimensiones de la sociedad colombiana, empobrecidas y vulneradas.

Teniendo en cuenta este contexto, me gustaría discutir aquí el racismo ambiental, y la necesidad de revalorizar los diferentes actores de nuestra sociedad, ya que algunos de ellos son claves para reconectarnos con la naturaleza.

Racismo Ambiental un proyecto de necropolitica con orígenes en la historia

Si vamos a la historia, encontramos como en el territorio que actualmente conocemos como Colombia, se han gestado una serie de sucesos que situaron a las comunidades indígenas en distintos niveles de la sociedad, en algunos casos asociados a espacios de exclusión. Un primer momento se remonta al siglo XVI con la conquista hispánica, los pueblos originarios debían ser incorporadas a la provincia, transformando sus costumbres y tradiciones hasta el punto de deslegitimar su conocimiento ancestral y cosmovisión. Por otro lado, un segundo momento aparece en la colonia tardía, alrededor del siglo XVIII, donde la sociedad se constituía bajo un régimen de “calidad social” que determinaba el lugar de cada persona en la pirámide social según su “pureza de raza”. Estas bases dieron lugar a imaginarios que aportaron a la construcción del Estado-nación en el siglo XIX, ideales que buscaban constituir la nación idealizada y el ciudadano ejemplar bajo un proceso de homogenización nacional que tendía al blanqueamiento racial que se reforzó desde el saber científico que desde miradas antropométricas señalaba al sujeto caucásico cómo modelo del hombre civilizado.

Colombia opto por un proyecto de blanqueamiento a diferencia de países como México y Ecuador que optaron por recuperar el pasado indígena como algo propio de su cultura y de su nación, es decir, como parte de su identidad. Ese proyecto de blanqueamiento hace parte del colonialismo hispano-criollo, pero que también sé da a nivel interno.

 Podemos decir que en algunos casos si hay una integración, la cual se da de manera simbólica sobre todo en aquellas comunidades que luchan por espacios también dentro de la ciudad y no solamente en sus espacios considerados “distantes en los resguardos indígenas”, por ejemplo, en la Universidad del Valle existe un cabido con actores pertenecientes a los pueblos de Yanacona, Embera, Iza, Nasa, Pasos, Quillacingas, Mizak e Inga, pero por otro lado a nivel de práctica encontramos pueblos aislados y abandonados totalmente por el Estado como es el caso de los Wayuu, quienes viven en “la periferia”, al ser de la “periferia” son pueblos vulnerabilizados en términos de justicia ambiental,

Este pueblo indígena es del desierto, han aprendido a vivir con la escasez de agua, pero la falta de este líquido es la que hoy los mata, pues si el estrés hídrico es una condición que con la que se ha aprendido a vivir, el aumento de la minería a gran escala y la apropiación de agua para este fin, han llevado al límite la capacidad de supervivencia de esta población”

Fernández, 2017, p. 58

Así que pensar en racismo ambiental implica pensar en quienes son los beneficiarios de las “explotaciones de los recursos naturales” y cuales son los impactos al vulnerabilizar las comunidades cercanas a las exploraciones mineras, a grandes industrias contaminadoras del aire, del agua; implica pensar cuantos niños mueren cada día al no tener el agua suficiente porque fue utilizada por la minera o por la empresa azucarera u otra, o al contrario al beber agua contaminada con metales pesados, pero ahora sumado a ese impacto el cambio climático, cuantas personas morirán, se quedaran sin hogar resultado de sequias, inundaciones, falta de una seguridad alimentaria.

El Buen Vivir una alternativa al modelo actual

Pensar en una sociedad más justa ambientalmente implica considerar que somos diversos culturalmente e identificar la naturaleza como un sujeto de derecho. Sumak Kawsay del Kichwa significa tener un camino de vida en armonía con la naturaleza y otros seres humanos, a diferencia del proyecto de necro política es un proyecto de vida, de colectividad, de asumir la vida ecológica, espiritual política y económica.

Si en Colombia asumimos las características del Buen Vivir, podríamos perdonar más fácilmente todo ese dolor que carga nuestro país por tantos años de violencia, pensar en la colectividad, es pensar en todo ser vivo, en la responsabilidad que tenemos, de la convivencia que debe respetar la individualidad y la libertad, pero siempre pensando en el bienestar de todos no de algunos pocos. Con la complementariedad, podemos comprender que nuestra sociedad no es basada en la competencia, sino en la ayuda mutua y permanente; con la autonomía de las personas y pueblos implica ejercer libre determinación sobre los cuerpos, vidas y territorios, pero una autonomía del cuidado de la vida, eso que tanto necesitamos en nuestra tierra. La aceptación por las diferencias, lo cual postula el respeto, reconocer que tenemos nuestro sentipensar pero que los otros también y podemos construir juntos desde esa diferencia. Defender la identidad, promocionar el placer, la alegría y las distintas maneras de expresarlo. Dotar de derechos y libertad a la madre naturaleza, en lo cual hemos avanzado un poco, por ejemplo, cuando Colombia afianzó el Buen Vivir fronterizo con Ecuador.

Actualmente contamos con que el rio Atrato, el rio Magdalena, Cauca, Quindío, Pance, la Plta, Otún, Combeina, öcora y Coello, así como el páramo de Pisba y la región de la Amazonia colombiana. Sin embargo, para tener éxito considerarlos como sujeto de derecho no es suficiente, es necesario transforma la matriz productiva del país, así como la transformación industrial y tecnológica.

Por tanto, pensar en una reconexión con la naturaleza parte de entender que la necropolitica esta basada en una lógica de exclusión étnico racial, de destrucción del bienestar colectivo sea por asesinatos directos, o ya sea por muertes a través de la contaminación de las tierras u omisión de ayudar al enfrentamiento de enfermedades. Pero también, reconectarnos con nuestro ser, implica una perspectiva del sentipensar en términos de Maturana, es decir, relacionar, entretejer nuestros pensamientos con nuestros sentimientos, emociones y acciones; y apostarle por el CUIDADO A LA VIDA.


Referencias

Por Dra. María Angélica Mejía-Cáceres

Investigador Junior e integrante de la coordinación de LATAM de PIPEC.