La violencia masculina contra las mujeres es un crimen, un delito histórico e universal. Comienza en los albores de la civilización, y subsiste hasta nuestros días

Ana Pérez de Campo Noriega

La violación es considerada delito grave por parte de la Comisión de Crímenes de Guerra de la ONU. Postura que se fortalece con la Resolución 1829 de 2008, en la cual se establece que la violación y otras formas de violencia sexual constituyen crímenes de guerra, crímenes contra la humanidad o un acto constitutivo de genocidio. Esto, por supuesto, parece no ser relevante para los hombres en Colombia, pues los casos de abusos en contra de las mujeres, basados en la necesidad de vaciarlas de dignidad, a partir del ultraje y la violencia contra sus cuerpos, sigue en aumento.

Así, entre el 28 de abril y el 21 de mayo, en medio del Paro Nacional, se registraron aproximadamente 106 denuncias de violencia en contra de las mujeres y personas con orientación sexual e identidad de género diversas, de acuerdo a la Defensoría del Pueblo.

Lo reprochable e inadmisible de esta precaria situación, es que hay 23 mujeres que han denunciado hechos de violencia y abuso sexual tanto por parte de integrantes de la fuerza pública como de civiles. Es decir, los abusos en contra de las mujeres protestantes y mujeres que “no hacen parte de las manifestaciones” o hacen parte del ala de represión, visibilizan cómo opera aquella relación de poder directa entre los hombres y las mujeres, en la que los hombres, que tienen intereses concretos fundamentados en el control, uso, sumisión y opresión de las mujeres, llevan a cabo de forma efectiva sus indignantes intereses.

De esta forma, lo que es clave entender es que la opresión y subordinación de las mujeres, a través de actos de violencia y abuso sexual, están profunda y poderosamente arraigados a la organización de la sociedad, lo cual, como sabemos, no es consecuencia del azar, la biología o la socialización en roles de sexo. Más bien, es una estructura primaría de poder que, en Colombia, se ha mantenido de manera intencionada y deliberada.

La violencia en contra de las mujeres durante el Paro Nacional extendido muestra que los hombres han aprovechado este contexto para imponer sus criterios, aquellos que desvalorizan a las mujeres y las tienen como inferiores. De esta manera, les es admisible someterlas con humillaciones y vejaciones, al ejercer su prototipo ideal masculino trasmitido por la sociedad. Por lo que es notable que, en estos tiempos de manifestaciones masivas a nivel nacional, los hombres violentos han sentido el deseo de recuperar el control perdido en el único ámbito en el que estos pueden demostrar impunemente su invención de superioridad.  

La impunidad, frente a estos actos de abuso y violencia sexual liderados por hombres que buscan reafirmar su masculinidad, parece una realidad. Pero no se confíen, pues organizaciones feministas, ecofeministas, de derechos humanos, de mujeres, entre otras, nos estamos organizando para responder a estos abusos, articularnos y potenciar la defensa y el respeto por las mujeres en Colombia. Pues, como mujeres no nos basta con denunciar y olvidar lo sucedido, merecemos justicia. Y la justicia solo la lograremos desestabilizando las bases del sistema patriarcal y violador que sustenta a la sociedad colombiana en el siglo XXI. 

Referencias