Hoy, 22 de abril, vale la pena iniciar el día pensando ¿qué prácticas realizo que contribuyen al cuidado de la Tierra y cuáles no lo hacen? Esto con el fin de establecer nuevos proyectos o retomar iniciativas, tal vez, olvidadas, que promueven una relación armónica con la tierra y los seres que habitamos en ella, por lo que vale la pena hacerlas realidad.

El día de la Tierra es un espacio de reflexión y acción que se ha institucionalizado gracias a la presión y la labor de los movimientos ambientalistas, los trabajos de algunos académicos y las luchas de algunos sectores de la sociedad civil comprometidos con la armonía e interconexión entre los seres que habitamos la tierra. Al respecto de este día, se puede destacar que las movilizaciones, llevadas a cabo principalmente en Estados Unidos y en Europa, hacia los años 70 fueron las bases de la consolidación del día de la Tierra, pues fue a partir de estos eventos, en defensa de un ambiente sano, que en la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente Humano celebrada en Estocolmo en 1972 se sentaron las bases en relación a la interdependencia entre los animales humanos y no humanos y nuestro planeta tierra.

Con este avance, hacia 1992 se firma la Agenda 21 –un plan de acción basado en la necesaria mitigación del impacto de las prácticas humanas en la tierra- por 178 países. Así mismo, se crean la Declaración sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y la Declaración de Principios para la Gestión Sostenible de los Bosques en la Cumbre de la Tierra llevada a cabo en Río de Janeiro, Brasil. Estos esfuerzos, por supuesto, fueron el inicio de nuevos espacios reflexivos y dirigidos a la acción encaminada a nuevas prácticas hacia la tierra. Entre estos espacios se pueden resaltar: la Cumbre de la Tierra en Johannesgurgo (2002), la Declaración del Año Internacional de la Tierra (2008) y la Declaración del Día Internacional de la Madre Tierra (22 de abril).  

Pero más allá de estos paulatinos avances internacionales en relación al reconocimiento del cuidado de la Madre Tierra, hoy, 22 de abril, vale la pena iniciar el día pensando ¿qué prácticas realizo que contribuyen al cuidado de la Tierra y cuáles no lo hacen? Esto con el fin de establecer nuevos proyectos o retomar iniciativas, tal vez, olvidadas, que promueven una relación armónica con la tierra y los seres que habitamos en ella, por lo que vale la pena hacerlas realidad.

Así, quisiera resaltar que sobre estas cuestiones mis respuestas son las siguientes. Por un lado, y respondiendo a la primera parte de la pregunta, este año inicié con mi huerto urbano en la casa de mi abuelita materna en Bogotá, retomando muchas de las siembras que mi abuela ya tenía en su terraza. Esta nueva experiencia no solo me ha conectado más con la tierra, sino que también me ha recordado la relevancia de la interdependencia y la interconexión entre las fases lunares, el amor al sembrar y la importancia del agua para la vida en la tierra.

Sobre esta experiencia, puedo decir que es un reto asumido que hago con mucho amor y del que aprendo infinitamente junto a quienes me venden las semillas y el abono y, a su vez, me enseñan cómo es el cuidado adecuado para que las semillas germinen. También destaco que he aprendido de aquellos jóvenes, adultos y ancianos que amablemente me han dado recomendaciones, a partir de su labor con las huertas que han sabido crear y ampliar a lo largo de los años.

Por otro lado, al pensar en aquellas prácticas que no contribuyen al cuidado de la tierra, quisiera resaltar una en particular que realmente ha estado en mis pensamientos, pero no he hecho gran cosa al respecto: iniciar procesos de compostaje en mi hogar. Sobre esto, admito que tomé algunas clases sobre el tema y asistí a algunas sesiones prácticas; sin embargo, no continué y hoy día no he hecho ni el primer intento, sea por falta de tiempo o por prioridades que me ocupan y me impiden trabajar en esta práctica.

De acuerdo a estas dos respuestas, y en el marco del día internacional de la Madre Tierra, es vital que, primero, continúe fortaleciendo mi huerto y, segundo, establezca una estrategia que me permita aproximarme al compostaje. Frente a este último reto, debo decir que he encontrado una iniciativa maravillosa liderada por Jéssica Rivas, la cual me ha permitido reflexionar sobre mis posibilidades y mis apuestas para aportar, aunque sea de forma mínima, al cuidado de la tierra.

Jéssica -una líder ambiental a la que admiro profundamente, pero ella no lo sabe- desde el 2018 creó el proyecto ‘Más Compost, Menos Basura’. Con esta iniciativa, se han recolectado más de 1.333 residuos orgánicos en Bogotá, lo que se traduce en 8 toneladas de estos residuos que son llevados a Tenjo para ser transformados en abono y comercializados. Entre los servicios que ofrece este proyecto, se encuentra la posibilidad de entregarle los residuos de mi casa a esta fundación. Así, aunque no estaré haciendo comspot, si fortaleceré prácticas de uso adecuado de residuos orgánicos en mi hogar, ejercicio que además quisiera ampliar con los vecinos de mi conjunto para que se unan a esta iniciativa y aportemos en colectivo al cuidado de la Madre Tierra.

Ahora, quisiera que usted, hoy 22 de abril, respondiera a estas preguntas no solo en clave reflexiva, sino también con miras al accionar con actividades y prácticas concretas, viables y posibles de acuerdo a su tiempo, disposición y compromiso con la tierra y con las futuras generaciones, en las que seguramente estarán sus hermanos/as, hijas/os, nietas/os y demás personas que habitarán el planeta los próximos años, décadas y siglos. Nunca olvidemos que somos visitantes de la tierra y que, por ello, debemos cuidarla y vivir en armonía con ella, por medio de acciones cotidianas individuales y colectivas.

Por Damaris Rozo

Politóloga y Magíster en Construcción de Paz y Derecho Internacional en la Universidad de los Andes. Directora PIPEC y del Observatorio Regional ODS.