Volvamos a 1978. Afganistán, como recientemente había sucedido en Corea o en Vietnam; o sucedía justo en ese momento en Camboya, o en Angola, o en Mozambique, o en Guatemala, o en Cuba, o en Chile, o en tantas otras partes del mundo, entró en un sangriento proceso de transformación política.

En el año 1978 la Guerra Fría parecía estar lejos de terminar. Lo que sí no parecía, porque de ello no había duda, era que más que un bando de derrotados y uno de vencedores, como en cualquier guerra de cualquier tipo se esperaría que hubiese, lo que había era un bando de sufridos: las pequeñas naciones presas de las ambiciones imperialistas de poder, y uno de favorecidos: las superpotencias imperialistas ambiciosas de poder. Los libros de historia señalan que el conflicto fue librado entre Estados Unidos y la ya desaparecida Unión Soviética, pero aclaran, como bien es sabido, que las superpotencias no se agredieron abierta o directamente entre sí, como que tampoco sufrieron bombardeos o ataques armados dentro de sus fronteras, y que existía un contacto directo, quizá hasta amigable, entre las altas esferas políticas de Washington y de Moscú con el fin de evitar cualquier malentendido que terminara en un apocalíptico enfrentamiento nuclear.


Volvamos a 1978. Afganistán, como recientemente había sucedido en Corea o en Vietnam; o sucedía justo en ese momento en Camboya, o en Angola, o en Mozambique, o en Guatemala, o en Cuba, o en Chile, o en tantas otras partes del mundo, entró en un sangriento proceso de transformación política. Apoyados por la Unión Soviética el Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) le da un golpe de Estado al autocrático y casi monárquico gobierno del presidente Daud Khan, así los comunistas afganos se hicieron con el poder y proclamaron, como había hecho Lenin en Rusia y Mao en China, una nación sin dios, es decir, separaban al Estado de la religión, y sin rey, olvidándose de su pasado de monarcas, príncipes y reinas. ¿Qué sucedió después? Pues que hubo un gobierno transparente, los soviéticos se retiraron, los estadounidenses decidieron no intervenir, se celebraron elecciones justas y libres, los afganos fueron felices y hasta se empezaron a visibilizar y a respetar los derechos de las mujeres… ¡Mentira! Porque esto es el mundo real, y además era la Guerra Fría, y encima era Afganistán. Lo que sucedió fue que el gobierno estadounidense, siguiendo la disputa lúdica de supremacía y de poder que ya hace tiempo sostenía con la Unión Soviética, puso los ojos, las garras y las armas en Afganistán. Estalló la guerra de Afganistán, que duraría casi quince años, de 1978 a 1992, que cobraría la vida de casi un millón de civiles y en la que se enfrentó la Republica Democrática de Afganistán, apoyada por la Unión Soviética, y los grupos guerrilleros islámicos (a los que no les había caído muy bien eso de separar al Estado de la religión), llamados muyahidines, entrenados y financiados por Estados Unidos, principalmente.


Afganistán se convertiría en el Vietnam soviético, pues, ante la inminente derrota, en tanto el muro de Berlín era demolido y la Unión Soviética se desmoronaba, Moscú ordenó la retirada de sus tropas. La escena de los gringos huyendo de Saigón mientras el Viet Cong le pisaba los talones, era equiparable a la de los cosacos escapando de Kabul ante el avance de los muyahidines. En 1992, tan sólo a meses de la caída definitiva de la URSS, el Estado afgano, sin el apoyo económico y militar de los soviéticos, finalmente fue doblegado por las guerrillas fundamentalistas islámicas, pero como Estados Unidos ostenta esa fortuita bendición, o maldición, de que casi cualquier intervención en suelo extranjero por su parte resulte en un baño de sangre para los intervenidos y en una danza de petróleo y recursos naturales para ellos, las facciones guerrilleras, entre ellos los talibanes, empezarían una larga y sangrienta guerra civil para hacerse con el control del país.


En su momento, cuando juntos luchaban contra los soviéticos y contra los afganos pro-soviéticos que pretendían, entre otras cosas, hacer de Afganistán un Estado laico, la CIA financió directamente a Osama Bin Laden y ayudó con entrenamiento y armamento a la conformación de la organización que éste lideraba: Al Qaeda. Como no hay una moral más amañada e interesada que la moral de los imperios, en este caso el Imperio Yankee, en aquel tiempo Al Qaeda no era considerada por Washington una organización yihadista y terrorista sino, más bien, un ejército pacificador y antisoviético con ideología islámica. Eso hasta el 11 de septiembre de 2001, cuando la guerra y el odio que ellos mismos habían ayudado a sembrar en oriente los alcanzó.


Después del atentado suicida de las Torres Gemelas, en el que murieron aproximadamente tres mil civiles y el que los yihadistas de todo medio oriente celebraron como un duro golpe al corazón de América y de la occidentalidad que tanto rechazan, Estados Unidos movilizó sus tropas a los países islámicos de Asia menor que simpatizaban y colaboraban con los, ahora sí, terroristas fundamentalistas musulmanes. Entre estos países se contaba Afganistán. La bestia que tanto alimentaron se les había salido de las manos.


Dos décadas más tarde el conflicto en medio oriente es el que parece estar lejos de terminar. Los focos talibanes nunca se extinguieron en el norte de Afganistán, y por más que los Estados Unidos (mientras drenaba petróleo y recursos naturales, claro), la ONU y la OTAN hicieron esfuerzos por pacificar el país y por ayudar a la conformación de un Estado afgano fuerte y estable que pueda resistir el embate de los muyahidines, garantizar los derechos humanos y sumarse a la lucha contra el terrorismo islamita, no se logró de manera concreta. Dos décadas después, en el 2021, los talibanes, que en sus inicios fueron apoyados por los estadounidenses para luchar contra los soviéticos, luego de tomarse varias provincias, se han hecho con el control de Kabul, la capital, y volvieron a arrodillar al Estado afgano, que otra vez, en el peor de los momentos, es abandonado por el mayor de sus aliados, ayer los rusos y hoy los estadounidenses. Así le paga el diablo a quien bien le sirve.


Aún es incierta la manera en que se solucionará la crisis que sufre Afganistán, lo que sí es cierto es que días oscuros parecen avecinarse para los afganos, y sobre todo para las afganas, ante el régimen islámico que impondrán los extremistas talibanes llegados al poder.

M.D.

Por Mauricio Diaz

Economista. Director y editor de MJ Opinan. Otro ciudadano indignado.